Cómo afrontar el deporte cuando no te gusta

No soy el mejor ejemplo para hablar de qué hacer sino te gusta hacer deporte. Por eso, cuento mis últimos tres meses entrenando con alguien que es todo lo contrario a mí en ese aspecto: mi hermana.

Hello! Aquí estoy otro lunes 🙂 Las ganas de darle a la tecla se me estaban acumulando a raíz de no haber publicado la semana pasada. Pero aquí estoy, quitándome el gusanillo de hacer una de las cosas que más me gusta después de moverme: escribir.

La cuestión es que la semana pasada empecé una nueva rutina diaria. Si me sigues por Instagram sabrás de sobra que antes entrenaba en la calle (ejercicios funcionales con mi propio peso a intervalos altos) y ahora me he buscado un gimnasio donde ir a primera hora para hacer lo mismo pero con más elementos (kettelbell, balón medicinal, step…) y además, trabajar fuerza que más necesaria para correr no puede ser.

A este cambio de ritmo de vida, he tenido que sumarle el hecho de que ya no tengo la posibilidad de comer en casa, sino en la oficina. Ya lo explicaba a grandes rasgos en la newsletter de ayer. Estoy tirando de tuppers para el desayuno post-entrenamiento y para comer al mediodía.

No me hace mucha gracia porque no me gusta comer comida recalentada en el microondas, ni tampoco alimentos de alto índice glucémico que me apoltronen delante del ordenador después del descanso para comer.

¿Solución? Ensaladas bastante contundentes (sin salsas, eso sí), en las que no faltan proteínas (salmón, pollo, huevos cocidos, mozarella, pavo…) y fruta, muuucha fruta. El verde no falta, por supuesto. A diario subo foto en el Stories de mi Instagram, por si quieres ver cómo me voy alimentando a lo largo de la semana y tal vez puedas sacar ideas de ahí 🙂

Y después de ponerte al día con lo que ha sido de mi vida en la última semana, vamos a lo que vamos. Sobre cómo afrontar el deporte cuando no te gusta. Un tema que llevo los últimos tres meses debatiendo, sobre todo con mi hermana, que es con quien he estado entrenando todo ese tiempo y la que no ha parado de sorprenderme día tras día. No es una guía, ni una serie de consejos, es un ejemplo personal que podría inspirarte. Te cuento por qué.

solucion cuando no te gusta el deporte

Sonrisas tras una masacre

Darse la oportunidad de demostrarse a una misma que puede

A pesar de la diferencia de edad de más de un década, confundirnos a mi hermana y a mí es muy fácil. Nos parecemos mucho, tenemos el mismo timbre de voz y también coincidimos en muchas formas de entender el mundo.

Pero una de las cosas en las que no coincidimos es en el disfrute del deporte. Digamos que yo me llevé todo el entusiasmo en lo que se refiere a moverse. Pero eso no quita que ella supiera lo necesario que resulta, ya no solo a nivel físico, sino sobre todo, a nivel mental y por tanto, anímico.

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Pero está claro que saber esto no le sirve de mucho a alguien que no le guste hacer deporte.

Hoy en día hay multitud de artículos, frases motivacionales, vídeos de Youtube y campañas de publicidad en general que nos animan a movernos. Enero, de hecho, es el mes por excelencia en el que el propósito más repetido es hacer deporte. Pero, ¿quién mantiene esa intención todo el año?

Pues desgraciadamente solo las personas que les gusta el ejercicio y no se proponen moverse al comenzar el año.

Volviendo al tema de mi hermana. Con mi vuelta a Canarias, asumí de una manera tácita una misión: entrenar con ella para sembrar esas ganas por calzarse las zapatillas y moverse. ¿Lo conseguí? Por lo que he visto tras tres meses entrenando a diario con ella, sí. Pero las lecciones que me he llevado yo por el camino han sido no las habría imaginado nunca.

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Sudadas que nos pegábamos

Da igual lo que te cuenten, todo depende de ti

Aunque vivimos muy condicionados sobre lo que nuestro entorno espera de nosotros, siempre he tenido claro que si uno no quiere hacer algo, no se le puede obligar a ello. Si quieres hacer deporte, puedes comenzar hoy, pero no te autoengañes pensando que lo haces porque es enero y es lo que toca: o lo haces por ti o no lo haces por nada.

Por eso sabía que, aunque estar junto a mi hermana podía motivarla a seguirme a la hora de entrenar, si ella no hubiera querido no se hubiera vestido cada mañana para salir a entrenar. Pero voy mucho más lejos.

Si ella no hubiera entendido (y comprobado) el deporte como algo necesario y positivo para su salud, no hubiera ido a una sesión de machaque tras otra. No hubiera apretado los dientes cada vez que la llevaba más lejos en una carrera o la animaba a no parar en una serie de escaleras.

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La sensación que deja unas series en escaleras…

Al final es una misma la que tiene el poder de llegar donde quiere, de no pensar si hay o no ganas de entrenar, sino simplemente de ir y hacerlo. Los demás (mi caso) solo acompañamos y compartimos el sufrimiento limitándonos a gritar bien alto que sigas, porque sabemos lo que la mente te está diciendo en ese momento de dolor: que pares.

Así que entrenamiento tras entrenamiento, mi hermana me sorprendía porque en ningún momento tiró la toalla y a medida que pasaban las semanas su cuerpo se iba a adaptando al ritmo de las rutinas y sentía que cada vez acababa con mayor solvencia.

Eso son los resultados que deberíamos esperar todos cuando empezamos a hacer deporte. El comprobar que el cuerpo responde mejor al ejercicio y se adapta para ir subiendo de nivel e intensidad. Ojalá fuera así en todos los casos y nos olvidáramos un poquito de lo que dice la báscula sobre nosotros.

El dolor en el deporte es proporcional a la plenitud

Hay que decir que mi hermana dió a luz hace 16 meses, pero se mantuvo en forma durante el embarazo haciendo yoga y cardio suave. Vamos que, al menos, no partía desde la más absoluta inactividad.

Afrontar el dolor resulta determinante para que te guste o no el deporte
Sin embargo, una de las cosas que más me hicieron gracia de compartir sesiones de entrenamiento con ella eran sus quejas. Sabe de sobra que mis oidos no soportan mucho a los quejicas, pero al ser ella, la escuchaba con mucho cariño.

Conocía a la perfección las sensaciones que me describía a diario nada más levantarnos para desayunar. La diferencia era que a mí me encanta sentir lo que ella describía como un estado de soporífero dolor. Soy adicta a la sensación de tener que agarrarme a algo para sentarme en cualquier silla porque mis cuádriceps no dan para más. Adoro estar durmiendo y comprobar que me cuesta cambiar de postura porque no hay rincón de mi cuerpo donde no sienta agujetas. Pero tengo claro que no todo el mundo es tan masoca.

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Miss ojeras. Hubieron mañanas en las que mi hermana tiraba de mí.

El caso es que esa diferencia a la hora de afrontar el dolor resulta determinante para que te guste o no el deporte. Por eso, aceptar el dolor lo atribuyo a las personas que realmente nos gusta hacer deporte. Tal vez sea esa una pista de cómo deberían enfocarlo las que se convencen de que “no están hechos” para moverse.

Porque es así, empezar es incómodo y puede que duela, mucho o poco, según múltiples factores como el estado físico del que se parte o la progresión (que siempre recomiendo que sea MUY gradual). Hay que tener claro lo que mi hermana me decía tras una dura sesión de entrenamiento: la mente te dice que hagas menos, que por qué hacer esas cosas, que no hay necesidad…

Sí, a veces es mejor dejar de escuchar a ese grillo perezoso que llevamos dentro. Porque aunque ella me decía esto, lo hacía después de dar el callo y con un sentimiento de plenitud y orgullo que solo el deporte nos lo da por tan poco.

Sarah Santiago

Periodista y deportista. Entrenar para mí es una necesidad anímica y física. Disfrutar haciendo cualquier deporte es el resultado por el cual muchos se sorprenden de mi pasión por él.

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